martes, 6 de octubre de 2009

De moños.

Luego de tanta merda chomskyana, regresando a Foucault en general y a los discursos psicológicos en particular, siendo principio de mes y como para olvidarme del odio que tengo por las boletas que no llegan y los desmanejos económicos nunca superados, me detengo un instante para hablar de los demonios que me alteran los sueños. Nada más ni nada menos, así, como al pasar. Definitivamente no son azules. Ni amarillos. Claramente tienen un problemón nervioso, que los vuelve hiperactivos-groseros-exagerados-deformes. (O se dan heavy). De seguro disfrutan lo que hacen. Diríamos que son hedonistas y sádicos al mango. Concretamente saben qué teclas tocar para retorcerme de pavor, hacerme chasquear los dientes a reventar, y vaya uno a saber cuánta cosa más que ni me entero. Salen a flote, se refuerzan, adquieren argumentos, cada vez que estoy muy preocupada o ansiosa por algo. O luego de cada película de terror (buena) que veo. La última fue "Rec". Desearía que fuese LA última, pero es como decir no tomo más la mañana en que te atacó la resaca, luego de una noche eufórica donde no paraste hasta dejar la botella de tinto vacía. Además: no se puede vivir sin demonios. Es más, creo que *somos* esos demonios. Que moran adentro, que son la grotesca expresión de todo eso que sabemos vive en nosotros pero no podemos expresar. Como los moños que coronan los paquetes raros y complejos que somos. He hablado de ellos.

0 se suma/n al absurdo así:

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